Recuerdos
del Servicio Militar Obligatorio (SMO).
En plena Guerra Civil de Angola, alrededor del año
1980 yo tenía 28 años y ya había pasado a la reserva del ejército, como
la mayoría de cubanos que habían pasado el Servicio Militar Obligatorio (SMO),
o simplemente habían rebasado la edad de integrarlo. Este último era mi caso.
Yo no pasé el SMO porque los maestros como yo estaban exentos. Todos los
años me citaban a la oficina correspondiente y allí iba yo y me presentaba ante
el comité de reclutamiento con mi carta que me acreditaba como maestro
en funciones, y entonces me mandaban a casa. Desde que me gradué en el año
1970 me dediqué a la enseñanza de la Música, especialmente los
instrumentos de Percusión.
Por lo
tanto, al llegar a la edad y quedar exento de pasar el SMO fui
destinado a una Unidad de Reserva Militar como dije antes. Como músico
integré entonces la Banda de las Milicias de Tropas Territoriales, mi Unidad
de la Reserva, que en lo fundamental solo actuaba en los desfiles militares
en la Plaza de la Revolución, en La Habana, cada dos años, reforzando a
la Banda del Estado Mayor del Ejército. O sea, cada vez que había un
desfile militar, allí nos juntábamos 500 músicos de La Habana. Recuerdo al
¿Coronel Barbón? dándonos las instrucciones: Bigotes sí, Barbas no, asistencia
a todos los ensayos los sábados y por supuesto al desfile principal. Y el
coronel gritaba:
–¡El que no cumpla, lo mando para una Unidad de la Reserva!
Eso
significaba ir movilizado 20 días al año y hacer preparación militar pura y
dura en campamentos lejos de casa.
Al final
nunca cumplía su amenaza y se llevaba bastante bien con todos los músicos.
Así
estaban las cosas cuando un día de 1980, me llegó una carta con una citación militar
que decía que me debía presentar en el Instituto Técnico Militar (ITM), antiguo
Colegio Belén de La Habana, tal día, a tal hora. Desde mi barrio
al sitio de citación había que viajar cerca de una hora en guagua. En aquel
momento ya yo no era miembro de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC).
Muy preocupado y sorprendido así lo hice. Recuerdo que al coger la guagua me encontré con un amigo, colega músico y vecino de barrio, el cual también estaba citado. (no
menciono su nombre por respeto). Los dos estábamos muy expectantes. No sabíamos
de qué se trataba la citación.
A la
hora de viaje, cuando llegamos al lugar, vimos que fuera del recinto había varios
camiones militares estacionados en una calle contigua. «Uff…esto huele mal» pensamos los dos.
Ya dentro
del edificio, nos condujeron a un local grande en donde había más de 200
jóvenes bulliciosos y tan expectantes como nosotros. Se cerraron las puertas.
–Bien,
compañeros -dijo el oficial al frente de la reunión y todos nos callamos-. Esto
es una convocatoria especial del Gobierno Revolucionario para cumplir
una misión internacionalista en Angola-. Hubo un murmullo entre la masa
allí congregada. El oficial, con una libreta y un bolígrafo en sus manos, hizo
una pausa y fijó su vista seria en el personal, mirando por encima de sus
espejuelos y continuó:
–Todo
aquel que no esté dispuesto a cumplir una misión internacionalista,
puede marcharse por aquella puerta y dejar su firma antes de irse.
Lo de la
firma tenía su misterio. No te obligaban a “cumplir misión”, pero si te
negabas te ibas marcado quizás para siempre.
Nos
miramos todos y a continuación, poco a poco, se levantaron unos 60 y se fueron.
Mi amigo
y yo nos miramos y alzamos las cejas.
Yo
pensé: «¡Ay mi madre!» Porque, yo no sé lo que
pensaba mi amigo del barrio, pero yo estaba segurísimo que yo NO me iba a prestar
para cumplir ninguna misión internacionalista en ningún lugar. Pero quería
esperar hasta el último instante, a ver cómo me libraba del asunto. Por eso esperé.
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Ahora
quiero hacer un pequeño paréntesis en esta narración.
A
principios de la Guerra Civil de Angola (1975 - 2002) el Gobierno de
Cuba, a petición del presidente angoleño Agostinho Neto y líder del Movimiento
Popular de Liberación de Angola (MPLA), decidió acudir en defensa de la
soberanía recién adquirida de Angola.
En aquel
momento yo pertenecía la UJC, más por disciplina que por convicción. Yo
era un joven revolucionario, o sea, defensor de la llamada Revolución
Cubana. Pero a mi nunca me gustó
estar atado a ninguna organización, de ningún tipo. Estaba porque había que
estar en el ajo.
Como en La
Habana y otras provincias de Cuba, ya corría la voz de que estaban
mandando tropas a Angola, el Partido Comunista de Cuba (PCC) dio la
orientación de reunir poco a poco a la militancia del PCC, así como de
la UJC para poner a sus militantes al tanto de lo que de verdad estaba
ocurriendo y creo yo que como preparación psicológica por lo que nos pudieran
pedir. Esas reuniones se hicieron en el teatro “Kal Marx”, el más grande
de La Habana, con capacidad para algo más de 5 mil personas.
Entonces
yo como militante de la UJC, asistí a una de esas convocatorias.
Allí nos
pasaron una película-documental, en blanco y negro, creo recordar, de cerca de
1 hora de duración (no tengo un recuerdo exacto), en donde se veía armamento
pesado (tanques, cañones, ametralladoras “cuatro bocas”, camiones, lanzacohetes
BM21, equipamiento militar) embarcando en barcos mercantes, así como tropas
camufladas en las bodegas de los buques. También se explicaba todo el contexto logístico
e internacional en que se desarrollaba todo. Yo me quedé frío porque me di
cuenta del gran “tamaño de bola” del asunto. El gobierno nos estaba
involucrando en una guerra a miles km de distancia, en nombre del Internacionalismo
Proletario.
Al
siguiente día, caminando por el barrio de Los Pinos, hablé con mi padre, le
conté lo que vi y le dije que yo, de ninguna de las maneras, iba
a ir a ninguna guerra si me llamaban. Yo, como cubano, estaba dispuesto a
defender a mi tierra, pero no a la tierra de nadie.
Él, que
no pertenecía a ninguna organización, (no porque él no quisiera; eso es otro
cuento) me dijo con cara de disgusto, aconsejándome e implorándome:
–No
Marquito, no. Si a ti te llaman tú tienes que ir. Tienes que ir a donde te
mande la Revolución. Tú eres militante de la UJC.
–Lo
siento Papi- como yo acostumbraba a llamarle-, conmigo que no cuenten y que
después me digan lo que quieran.
Yo
estaba tomando una decisión muy jodida. No te obligaban a ir a Angola, pero si
te negabas, quedabas estigmatizado para toda tu vida. Por eso creo que mi padre
estaba más preocupado por las consecuencias para mi vida que otras cosas.
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Sigo
donde lo dejé.
Una vez
que se fueron los 60 y pico mencionados –previa firma en la puerta fatídica– se
volvieron a cerrar las puertas.
–Bien
compañeros– volvió a decir el oficial. Los que quedan aquí se supone que están
dispuestos a cumplir misión. Uds. dado el nivel universitario de la
mayoría, van a ser entrenados para Tropas Especiales y de
Paracaidismo. Pero -volvió mirar por encima de los espejuelos- los que
pesen más de 120 kilos se pueden ir; no cumplen los requisitos para ser
paracaidistas. Los que se vayan por esa razón, se van por aquella segunda
puerta y firman el documento que les entregará el compañero que está allí.
En ese
momento saltó del fondo del recinto un gordo gordísimo diciendo:
–Óigame
compañero, yo quiero dejar constancia que yo sí quiero ir, así que, si me voy,
no me vayan a señalar…
–Despreocúpese
compañero. Evidentemente Ud. no puede integrar esta fuerza paracaidista. Lo
siento mucho.
Y el
muchacho se fue cabizbajo.
Se hizo
una pausa y se generó otro murmullo general.
Yo pensé para mis adentros:
«Dime tú, yo tirándome de un
paracaídas. Yo soy ese al que no se le abre. Pero además yo no sé tirar ni un
tiro. Y ¿si me explota una granada en las manos y más nunca puedo tocar? No,
conmigo, ni hablar».
En ese
momento le dije a mi amigo acompañante que teníamos que ir a hablar con el
oficial que estaba al frente y decirle que ya nosotros estábamos asignados en
la Banda de las Milicas de Tropas Territoriales. Así lo hicimos y le
contamos.
Entonces
el oficial nos miró con cara extrañada y frunciendo las cejas. Mi colega iba
con su flauta en su estuche y yo con mis baquetas de percusión sobresaliendo de
un porta baquetas.
–¿Y entonces
Uds. qué coño hacen aquí? ¿Uds. están con el coronel Barbón?
–Sí,
claro. Nosotros pertenecemos al Batallón de Ceremonias. Es nuestra Unidad
de Reserva. -contesté.
El
oficial nos miró serio, de arriba abajo y nos dijo:
–Uds. no
tienen nada que hacer aquí. Así que…se pueden ir– y miró su libreta.
–¿Por
qué puerta?- pregunté yo.
–Por la
segunda…
Cuando viró la cabeza, ya mi colega y
yo estábamos saliendo por la puerta.
¡Nos
libramos por los pelos!
Septiembre 2026
Que buena anecdota no la sabia!!
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