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miércoles, 30 de septiembre de 2026

Recuerdos del Servicio Militar Obligatorio (SMO).

 




Recuerdos del Servicio Militar Obligatorio (SMO).

          En plena Guerra Civil de Angola, alrededor del año 1980 yo tenía 28 años y ya había pasado a la reserva del ejército, como la mayoría de cubanos que habían pasado el Servicio Militar Obligatorio (SMO), o simplemente habían rebasado la edad de integrarlo. Este último era mi caso. Yo no pasé el SMO porque los maestros como yo estaban exentos. Todos los años me citaban a la oficina correspondiente y allí iba yo y me presentaba ante el comité de reclutamiento con mi carta que me acreditaba como maestro en funciones, y entonces me mandaban a casa. Desde que me gradué en el año 1970 me dediqué a la enseñanza de la Música, especialmente los instrumentos de Percusión.
            Por lo tanto, al llegar a la edad y quedar exento de pasar el SMO fui destinado a una Unidad de Reserva Militar como dije antes. Como músico integré entonces la Banda de las Milicias de Tropas Territoriales, mi Unidad de la Reserva, que en lo fundamental solo actuaba en los desfiles militares en la Plaza de la Revolución, en La Habana, cada dos años, reforzando a la Banda del Estado Mayor del Ejército. O sea, cada vez que había un desfile militar, allí nos juntábamos 500 músicos de La Habana. Recuerdo al ¿Coronel Barbón? dándonos las instrucciones: Bigotes sí, Barbas no, asistencia a todos los ensayos los sábados y por supuesto al desfile principal. Y el coronel gritaba:
            –¡El que no cumpla, lo mando para una Unidad de la Reserva!
            Eso significaba ir movilizado 20 días al año y hacer preparación militar pura y dura en campamentos lejos de casa.
            Al final nunca cumplía su amenaza y se llevaba bastante bien con todos los músicos.
            Así estaban las cosas cuando un día de 1980, me llegó una carta con una citación militar que decía que me debía presentar en el Instituto Técnico Militar (ITM), antiguo Colegio Belén de La Habana, tal día, a tal hora. Desde mi barrio al sitio de citación había que viajar cerca de una hora en guagua. En aquel momento ya yo no era miembro de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC).
            Muy preocupado y sorprendido así lo hice. Recuerdo que al coger la guagua me encontré con un amigo, colega músico y vecino de barrio, el cual también estaba citado. (no menciono su nombre por respeto). Los dos estábamos muy expectantes. No sabíamos de qué se trataba la citación.
            A la hora de viaje, cuando llegamos al lugar, vimos que fuera del recinto había varios camiones militares estacionados en una calle contigua. «Uff…esto huele mal» pensamos los dos.
            Ya dentro del edificio, nos condujeron a un local grande en donde había más de 200 jóvenes bulliciosos y tan expectantes como nosotros. Se cerraron las puertas.
            –Bien, compañeros -dijo el oficial al frente de la reunión y todos nos callamos-. Esto es una convocatoria especial del Gobierno Revolucionario para cumplir una misión internacionalista en Angola-. Hubo un murmullo entre la masa allí congregada. El oficial, con una libreta y un bolígrafo en sus manos, hizo una pausa y fijó su vista seria en el personal, mirando por encima de sus espejuelos y continuó:
            –Todo aquel que no esté dispuesto a cumplir una misión internacionalista, puede marcharse por aquella puerta y dejar su firma antes de irse.
            Lo de la firma tenía su misterio. No te obligaban a “cumplir misión”, pero si te negabas te ibas marcado quizás para siempre.
            Nos miramos todos y a continuación, poco a poco, se levantaron unos 60 y se fueron.
            Mi amigo y yo nos miramos y alzamos las cejas.
            Yo pensé: «¡Ay mi madre!» Porque, yo no sé lo que pensaba mi amigo del barrio, pero yo estaba segurísimo que yo NO me iba a prestar para cumplir ninguna misión internacionalista en ningún lugar. Pero quería esperar hasta el último instante, a ver cómo me libraba del asunto. Por eso esperé.
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            Ahora quiero hacer un pequeño paréntesis en esta narración.
            A principios de la Guerra Civil de Angola (1975 - 2002) el Gobierno de Cuba, a petición del presidente angoleño Agostinho Neto y líder del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), decidió acudir en defensa de la soberanía recién adquirida de Angola.
            En aquel momento yo pertenecía la UJC, más por disciplina que por convicción. Yo era un joven revolucionario, o sea, defensor de la llamada Revolución Cubana.  Pero a mi nunca me gustó estar atado a ninguna organización, de ningún tipo. Estaba porque había que estar en el ajo.
            Como en La Habana y otras provincias de Cuba, ya corría la voz de que estaban mandando tropas a Angola, el Partido Comunista de Cuba (PCC) dio la orientación de reunir poco a poco a la militancia del PCC, así como de la UJC para poner a sus militantes al tanto de lo que de verdad estaba ocurriendo y creo yo que como preparación psicológica por lo que nos pudieran pedir. Esas reuniones se hicieron en el teatro “Kal Marx”, el más grande de La Habana, con capacidad para algo más de 5 mil personas.
            Entonces yo como militante de la UJC, asistí a una de esas convocatorias.
            Allí nos pasaron una película-documental, en blanco y negro, creo recordar, de cerca de 1 hora de duración (no tengo un recuerdo exacto), en donde se veía armamento pesado (tanques, cañones, ametralladoras “cuatro bocas”, camiones, lanzacohetes BM21, equipamiento militar) embarcando en barcos mercantes, así como tropas camufladas en las bodegas de los buques. También se explicaba todo el contexto logístico e internacional en que se desarrollaba todo. Yo me quedé frío porque me di cuenta del gran “tamaño de bola” del asunto. El gobierno nos estaba involucrando en una guerra a miles km de distancia, en nombre del Internacionalismo Proletario.
            Al siguiente día, caminando por el barrio de Los Pinos, hablé con mi padre, le conté lo que vi y le dije que yo, de ninguna de las maneras, iba a ir a ninguna guerra si me llamaban. Yo, como cubano, estaba dispuesto a defender a mi tierra, pero no a la tierra de nadie.
            Él, que no pertenecía a ninguna organización, (no porque él no quisiera; eso es otro cuento) me dijo con cara de disgusto, aconsejándome e implorándome:
            –No Marquito, no. Si a ti te llaman tú tienes que ir. Tienes que ir a donde te mande la Revolución. Tú eres militante de la UJC.
            –Lo siento Papi- como yo acostumbraba a llamarle-, conmigo que no cuenten y que después me digan lo que quieran.
            Yo estaba tomando una decisión muy jodida. No te obligaban a ir a Angola, pero si te negabas, quedabas estigmatizado para toda tu vida. Por eso creo que mi padre estaba más preocupado por las consecuencias para mi vida que otras cosas.
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            Sigo donde lo dejé.
            Una vez que se fueron los 60 y pico mencionados –previa firma en la puerta fatídica– se volvieron a cerrar las puertas.
            –Bien compañeros– volvió a decir el oficial. Los que quedan aquí se supone que están dispuestos a cumplir misión. Uds. dado el nivel universitario de la mayoría, van a ser entrenados para Tropas Especiales y de Paracaidismo. Pero -volvió mirar por encima de los espejuelos- los que pesen más de 120 kilos se pueden ir; no cumplen los requisitos para ser paracaidistas. Los que se vayan por esa razón, se van por aquella segunda puerta y firman el documento que les entregará el compañero que está allí.
            En ese momento saltó del fondo del recinto un gordo gordísimo diciendo:
            –Óigame compañero, yo quiero dejar constancia que yo sí quiero ir, así que, si me voy, no me vayan a señalar…
            –Despreocúpese compañero. Evidentemente Ud. no puede integrar esta fuerza paracaidista. Lo siento mucho.
            Y el muchacho se fue cabizbajo.
            Se hizo una pausa y se generó otro murmullo general.
            Yo pensé para mis adentros:
            «Dime tú, yo tirándome de un paracaídas. Yo soy ese al que no se le abre. Pero además yo no sé tirar ni un tiro. Y ¿si me explota una granada en las manos y más nunca puedo tocar? No, conmigo, ni hablar».
 
            En ese momento le dije a mi amigo acompañante que teníamos que ir a hablar con el oficial que estaba al frente y decirle que ya nosotros estábamos asignados en la Banda de las Milicas de Tropas Territoriales. Así lo hicimos y le contamos.

            Entonces el oficial nos miró con cara extrañada y frunciendo las cejas. Mi colega iba con su flauta en su estuche y yo con mis baquetas de percusión sobresaliendo de un porta baquetas.
            –¿Y entonces Uds. qué coño hacen aquí? ¿Uds. están con el coronel Barbón?
            –Sí, claro. Nosotros pertenecemos al Batallón de Ceremonias. Es nuestra Unidad de Reserva. -contesté.
            El oficial nos miró serio, de arriba abajo y nos dijo:
            –Uds. no tienen nada que hacer aquí. Así que…se pueden ir– y miró su libreta.
            –¿Por qué puerta?- pregunté yo.
            –Por la segunda…
            Cuando viró la cabeza, ya mi colega y yo estábamos saliendo por la puerta.
            ¡Nos libramos por los pelos!
 
Septiembre 2026


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