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viernes, 25 de noviembre de 2022

"Los dos Valcarcitos y el ballet Giselle"



 

Corría el año 1966. Yo (Marcos M. Valcárcel) con 14 años y mi hermano (Jorge L. Valcárcel) con 13. Éramos estudiantes de Percusión del conservatorio Amadeo Roldán de La Habana.

Mi padre, Marco A. Valcárcel, timpanista de la Orquesta del Gran Teatro "García Lorca" de La Habana, llegó a casa agitado un sábado por la tarde y nos dijo que nos bañáramos  y vistiéramos para ir a tocar con él esa noche, el Ballet Giselle.

¿Que QUÉ?!…¿Qué teníamos que tocar esa noche ¿el queeÉ?!

Nos contó que el percusionista  que tenía que tocar esa noche junto a él (ni más ni menos que nuestro maestro Domingo Aragú) había sufrido un accidente y no podía tocar. Así que teníamos que ir a sustituirlo porque no había podido conseguir a más nadie.

Nos quedamos con la boca abierta. Era una urgencia de casi última hora. Nunca habíamos tocado profesionalmente y nunca habíamos ensayado ese ballet ni ningún otro. Solo teníamos la experiencia de la orquesta de la escuela y de cuando nos llevaba de niños a ver los ensayos de la orquesta y nos sentaba a su lado en el foso. ¡Y esa noche teníamos que tocar el Bombo y los Platillos! Además el Triángulo y el Campanólogo…Qué emocionante!

Jóvenes al fin y con la única poca práctica de la orquesta de la escuela, nos dispusimos, nerviosos pero decididos, a lanzarnos al precipicio, como si de una hazaña se tratara. Allá fuimos mi hermano y yo, ¡a la batalla! Esa noche nos convertiríamos en héroes ante nuestros compañeros de escuela. Eso creíamos…

Llegamos al teatro un poco antes que el resto de los músicos y nuestro padre, nervioso pero optimista y confiado en sus hijos, nos dio las mínimas instrucciones necesarias en el foso: miren la manos del director, miren la batuta, oigan la música, estén atentos a lo que yo les indique, no tengan miedo que “más vale pecar de valientes que de cobardes”, Uds. son unos Valcárceles! Los demás músicos, aunque nos conocían de niños, nos miraban con caras asustadas y decían: Valcárcel! Ay Dios mío! ¿Los muchachos van a tocar el bombo y los platillos? ¿Sabrán seguir la batuta? Mira que en el ballet hay que estar muy atentos a los cierres…Valcárcel, tú estás loco! Cómo vas a meter a estos niños en esto? ¿Chemón*(el director de la orquesta) lo sabe? Y mi padre: Oye chico!, no hay más nadie, ¿Qué tu quieres que haga? Ya verás cómo ellos lo hacen bien….y allá fue eso!

¿Alguien puede imaginarse cómo fue eso? Pasó lo que tenía que pasar. Nos lanzamos a tocar bombazos y platillazos donde eran y también, como no, donde no eran. De mirar mano nada. Ya bastante teníamos con ver la partitura y oír a mi padre gritándonos: Prepárense,…ahora! …no, ahí no!… esperen! …paren, paren!…con mi mano!…mira pa’cá!…mira pa’llá! …ahora sí…espera, espera! Bueno, hasta creo que tocamos más campanas que las 12 que están escritas en el inicio del 2º acto. No sé si en algún momento tocamos el pobre triángulo.

En fin, no sé cómo llegamos al final de la función. Destrozamos el ballet. Por poco no salimos presos de allí! Los pobres bailarines locos. Nuestro padre y el pobre Chemón * (con toda razón) terminaron peleados al final de la función. Recuerdo a Maruja Sánchez (concertino) defendiéndonos por lo amiga que era de mi padre y por defensora de los jóvenes y de las causas perdidas. ¡La gran Maruja!

Pero para mi hermano Jorge y para mí fue una experiencia tremenda que nunca olvidamos. Aquel día, a pesar de todo, fuimos más músicos. Y nuestro padre…feliz y orgulloso!

*El director de la orquesta, Maestro José Ramón Urbay.


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jueves, 28 de abril de 2022

El Juego está "perdío"





¡El juego está "perdío"!

Esta frase la puso de moda en la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba el maestro Antonio Linares, trombonista y maestro de maestros.

Todos los que entendemos un poco el juego de Béisbol sabemos que “cuando hay pitcher no hay bateador” Para los menos entendidos, cuando el “pitcher” -el lanzador de las bolas- viene con buen control, es muy difícil batear la pelota por el bateador. Por el contrario, si el “pitcher” no controla los lanzamientos se dice que está “wild”, o sea, salvaje o descontrolado. En el caso de una orquesta el director es el “pitcher”, el que le lanza la bola a los músicos que a su vez tratamos de batearle la bola. ¡Ja Ja Ja!

El caso es que en los años en que yo pertenecí a la OSN se celebraban conciertos semanales, con programas diferentes. Lo más jodido era que muchas veces nos enterábamos de las obras a ensayar el mismo día del primer ensayo. Así que aquello era de… Sálvese Quien Pueda.

También había un director diferente en cada concierto. Y dos o tres veces al mes venían directores de orquesta invitados extranjeros. Los músicos de la orquesta no siempre tocábamos en todos los conciertos. Rotábamos. Todo dependía del desconocido programa de cada semana. Por eso el primer día de ensayo teníamos que asistir todos, por si era necesario completar la plantilla normal.

Entonces en el primer ensayo se producía lo que supongo se produce en muchas orquestas: El director invitado, a medida que va a avanzando el ensayo, evalúa a los músicos y a la orquesta, para él desconocidos. Y a su vez los músicos, los que tocan y los que no, hacen lo mismo con el director. Es una evaluación mutua. Los que hemos pertenecido a una orquesta sabemos descubrir en media hora de ensayo a qué “pitcher” nos enfrentamos y él a su vez, si es un buen director también descubre quiénes son los mejores músicos, los mejores “bateadores”, y qué equipo tiene.

El caso es que en nuestra orquesta, a la media hora del primer ensayo ya nuestro querido maestro Linares daba su veredicto. Si el director era bueno el comentario era que “el pitcher viene por la goma” (en el argot pelotero quiere decir que el pitcher viene con control de sus lanzamientos) pero si el director no mostraba suficiente sapiencia y carácter, no era bueno, entonces decía: …¡Señores!…!El juego está perdío! ¡El “pitcher” está “wild”! Ja Ja Ja!

¡Qué buenos momentos pasamos junto al simpático y carismático maestro de maestros Antonio Linares! ¡Qué el Señor lo tenga en la Gloria!

Marcos Valcárcel Gregorio, Octubre 2014



lunes, 7 de marzo de 2022

 Percusionista moderno

¡Qué lugarcito este Tata!
    Esta frase la pronunció un día el maestro Roberto Sánchez López (Tercer Clarinete y Clarinete Bajo) durante un ensayo de una obra de la llamada “música contemporánea”, “de vanguardia”, “moderna”, “nuevas músicas”, etc.  Por favor, no empecemos a discutir sobre el término.
    Nunca me he olvidado de mis viejos compañeros, profesores y colegas de la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba. Los he extrañado mucho a lo largo de mis últimos años en España. Y por eso, a cada rato, recuerdo muchas anécdotas de mis 20 años de estancia en esa prestigiosa institución. Claro…de la que yo recuerdo…de la que yo fui miembro hace ya mucho tiempo.
    Recuerdo a todos los viejos profesores de mi juventud. Muchos fueron nuestros profesores.
    Pero para esta anécdota que quiero contar, me vienen a la mente tres de ellos en especial: Roberto Sánchez López, tercer Clarinete y Clarinete Bajo; Marcos Urbay Serafín, primer Trompetista; y el director de orquesta y destacadísimo compositor Felix Guerrero.
    Cuando yo entré en la OSN en el año 1972 se tocaba mucha “música contemporánea”. Semana sí y semana no, se estrenaba alguna obra de algún compositor cubano o extranjero de moda. Creo que estaba establecido, como política cultural interna, que cada director cubano, titular o invitado, debía tocar o estrenar alguna obra contemporánea de compositores nacionales. Generalmente los directores seleccionaban las que ellos consideraban merecedoras de ser tocadas y quizás, aquel antes mencionado, era el único filtro cuasi obligatorio.
    Pero los viejos maestros de la orquesta eran bastante reacios a ese tipo de “música rara”,”experimental”, que los obligaba a emplear técnicas de ejecución poco ortodoxas y sonidos ‘desagradables’, etc. El rechazo era mayor cuando se desarrollaba alguno de los festivales que anualmente se celebraban en La Habana. En esos festivales era cuando se tocaban más obras. La mitad de ellas bastante buenas o muy buenas y la otra mitad francamente muy malas e insoportables al oído y a toda comprensión y ejecución. Por eso el maestro Marcos Urbay las bautizó (supongo que se refería a los peores experimentos) como…¡MÚSICA DE PEJEPALO! El término se quedó para siempre en el anecdotario de los músicos sinfónicos cubanos. Al menos los de mi generación.
    Entonces, recuerdo que durante un Festival le tocó al viejo maestro Felix Guerrero dirigir un concierto de esos conciertos. A pesar de que era un director muy tradicional, dedicado más a la zarzuela y a la ópera, por algún motivo no le quedó más remedio que aceptar dirigir uno de ‘esos’ conciertos. Y también le tocó dirigir una ‘obrita’ de un compositor cubano bastante extraña y poco agradable. Para hablar en claro UN PEJEPALO de los gordos. Cuando llevábamos media hora ensayando el hastío de los músicos era total, los bostezos continuos y el PEJEPALO ¡insoportable! Entonces el maestro Guerrero, al darse cuenta de la situación dijo: …Señores, perdonen, pero Uds. saben que yo soy director de de 2 x 4 y Do mayor (compás y tonalidad de aparente sencillez musical), así que me perdonan…En ese momento se oyó la sufrida voz del maestro Roberto Sánchez que nunca hablaba:  …¡Ay Dios mío! ¡Qué lugarcito este Tata! 
    ¡Todos morimos de la risa!
Y yo todavía me estoy riendo! Muchas veces, ante la impotencia, en situaciones similares, me acuerdo de la dichosa frase: Ay Dios mío ¡Qué lugarcito este Tata!
    Maestro Sánchez, ¡que el Señor te bendiga dondequiera que estés!
 
Marcos Valcárcel Gregorio. Octubre 2014


viernes, 25 de febrero de 2022

Kiev 1979

KIEV. 1979.

Kiev, bellísima ciudad. Tuve la oportunidad de tocar allí con el Conjunto Instrumental Nuestro Tiempo, cuando todavía Ucrania pertenecía a la antigua URSS, durante una gira que abarcó otras ciudades soviéticas, entre ellas Moscú. En aquel entonces, sin estar al tanto de la política, Kiev, repito, bellísima, me pareció una ciudad completamente occidental. Me sentía identificado.
Estuve solo un par de días y creo que tocamos en el teatro de la Filarmónica. Recuerdo que las autoridades culturales también nos invitaron a la Ópera, a una impresionante representación de “Jovánschina” de Mussorgsky. Como curiosidad, pude comprobar que en los intermedios los relajados músicos de ópera hacían lo mismo que nosotros en Cuba: jugar a las cartas, ajedrez, dominó, tomando el té o el café.
Teníamos entonces una dieta de 12 rublos diarios para “comer”. Pero esa dieta había que dedicarla también a las ‘pacotillas imprescindibles’ para la familia en Cuba. Entonces, para ahorrar, aprovechaba el desayuno abundante incluido con el hotel, después almorzaba caliente y en la noche comía bocadillos en la habitación. La suerte es que en la antigua URSS, la comida era muy barata. Con 5 rublos podían comer dos personas en el restaurante, por ejemplo, del antiguo céntrico hotel Rossiya de Moscú. Y si te ibas a una Estalóvaya (cafetería popular)  podías comer por 1 rublo.
Pero el primer día en Kiev, almorcé (comí) en el propio hotel. Fue la primera vez que probé el famoso y delicioso Borsch ucraniano, entre otras cosas. Y al siguiente día me pasó una cosa curiosa. Me fui a un restaurante cercano al hotel, por cambiar, y allí coincidí almorzar (comer) con un grupo organizado de turistas norteamericanos. En aquella época eran “el enemigo” aunque en mi fuero interno yo no lo sintiera así, pero ya saben de una frase famosa de la época de la guerra fría: ¡Al imperialismo, ni un tantito así!...
Ellos, los yanquis, se sentaron en una mesa larga contigua a la mía y los camareros les pusieron una banderita norteamericana en la mesa. Y aquí viene el detalle, cosas que pasan sin saber uno por qué: cuando me sirvieron mi comida ¡también me pusieron mi banderita cubana! Yo no la había solicitado pero la verdad es que me sentí muy orgulloso de estar sentado al lado del “enemigo” con mi banderita.
Hoy oro por Kiev y sus ciudadanos. 
Marcos M. Valcárcel Gregorio. 25 de febrero 2022.

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